EL DÍA EN QUE JUN RECORDÓ UN GOL QUE HIZO
Un futbolista fracasado que solo un día fue de gloria
se sienta en la grada a contemplar al equipo de sus sueños.
Siente el frío en el alma y el vacío en el pecho
y se pregunta qué sentido tiene su vida sin el fuego.
Recuerda con amargura el gol, la ovación, la copa, la pasión
que vivió en esa cancha donde fue un instante mágico.
Cuando vistió la camiseta del Ricardo Palma, su escuela,
y marcó el tanto épico frente al Antenor Rizo, su eterno.
Dio el salto a la fama, el sueño de su gente, pero fue fugaz
y ahora solo le queda el olvido y la decepción que le roban su ilusión.
En su corazón siente un vacío cruel: no volver a pisar el césped,
no volver a sentir el juego, no volver a ser un héroe.
Se le humedecen los ojos al ver a los jóvenes correr,
envidiando sus hazañas, sus triunfos y su poder.
Se le hiere el alma al pensar en lo que fue, en lo que no pudo ser,
en lo que nunca será y se le ahoga un grito al oír el silbato final.
Y la luna, testigo frío de su gloria y su pena,
le ilumina con desdén por las calles de la aldea.
Y los poetas cantan su verso de la pena,
mientras él se aleja solo con su sombra y su cadena.
Es un verso triste y solitario el que brota de sus labios,
es un verso sin consuelo ni esperanza el que nace de sus manos.
Es un verso sin destino ni futuro el que surge de sus pasos,
es un verso sin amor ni alegría el que vive en sus fracasos.
Y así se va marchitando como una flor sin agua,
y así se va apagando como una estrella sin brillo,
y así se va olvidando como una historia sin eco,
y así se va muriendo como un futbolista sin gloria.
© Isaías Joel Hurtado Santa Cruz
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